[VIII]

HORAS DE SOL

La casita del Arrabal en la que doña Dolores había hallado tan seguro patrocinio, entre doña María y doña Carmen, aunque modesta y comparativamente muy poco importante, era una deliciosa habitación alhajada con sencillez suma pero con gusto exquisito. En la parte de atrás, cosa muy rara en la capital de Méjico, se extendía una pequeña, pero bien distribuida huerta, poblada de frondosos árboles que daban sombra y frescor y ofrecían gratísimo refugio contra los ardores del sol de mediodía.

En el corazón de uno de los fragantes bosquecillos que sombraban el huerto era donde se ocultaban las dos jovencitas para hablar con entera libertad y acompañar con sus argentinas carcajadas los alegres gorjeos de los pájaros.

Sólo tres personas habían entrado en aquella casa: el aventurero, el conde y Domingo.

El aventurero, siempre absorto en sus misteriosas ocupaciones, aparecía en ella rarísimas veces. No así los jóvenes. Éstos, durante los primeros días, se habían conformado estrictamente a las recomendaciones de su amigo, no haciendo a las damas sino muy contadas visitas, y aun, puede decirse, de un modo furtivo; pero poquito a poco y arrastrados por el hechizo invisible que les atraía inconscientemente, las visitas fueron menudeando y haciéndose más largas, hasta el extremo que, so pretexto de esto o de lo otro, llegaron a pasar los días casi enteros al lado de las damas. Cierto día, mientras los habitantes de la casita, retirados en el riñón de su jardín, estaban hablando entre sí alegremente, se oyó en la calle un alboroto espantoso, y a poco el anciano criado acudió presuroso y despavorido para advertir a su ama que una gavilla de bandidos, reunidos delante de la casa, exigían que les abriesen la puerta, amenazando con astillarla de no consentir en ello. El conde tranquilizó a doña María, diciéndola que nada temiese, y después de inducirla a que no se moviese del jardín, así como las dos jóvenes, él y Domingo se encaminaron hacia la puerta de la casa. Por casualidad Raimbaut había llegado algunos instantes hacía trayendo una carta para su amo, y por lo tanto su presencia era por demás preciosa en aquellas circunstancias. Los tres hombres se proveyeron de sendos fusiles, y después de haberse puesto de acuerdo en pocas palabras, el conde se acercó a la puerta, en la cual daban repetidos golpes desde fuera, y ordenó al anciano criado que la abriese. Apenas entreabierta ésta, se precipitaron como un alud, en el zaguán, unos diez hombres profiriendo voces y aullidos furiosos; pero de improviso se detuvieron; ante ellos, a unos diez pasos, estaban en pie, inmóviles, tres hombres que les apuntaban las bocas de los fusiles. Los bandidos, que en la confianza de no encontrar resistencia iban casi todos sin más arma que un cuchillo sujeto al cinto, quedaron como clavados en el sitio al ver los fusiles apuntados a sus pechos. La actitud enérgica de aquellos tres hombres les impuso, y tras unos segundos de vacilación se detuvieron cruzando entre sí despavoridas miradas. No era aquello lo que les habían dicho; aquella casita, tan tranquila en la apariencia, encerraba una guarnición formidable. El conde entregó su fusil al anciano criado, y empuñando un revólver de seis tiros, avanzó resueltamente al encuentro de los bandidos. Los cuales, impulsados por un movimiento contrario, empezaron a retroceder paso a paso, hasta que, llegado que hubieron a la puerta, volvieron grupas de un brinco y pusieron pies en polvorosa. El conde cerró de nuevo y con toda tranquilidad la puerta, y después de celebrar con francas risotadas, junto con sus compañeros, la fácil victoria que acababan de alcanzar, se reunieron a las damas, a quienes encontraron acurrucadas y temblorosas en lo más retirado de la huerta. Esta lección había bastado para que nunca más hubiesen vuelto a turbar la tranquilidad de los habitantes de la casita. Sin embargo, doña María, agradecida al servicio que le habían prestado los jóvenes, no sólo no halló ya que éstos le hacían las visitas demasiado largas, sino que cuando éstos, por urbanidad, manifestaban deseos de retirarse, les incitaba a que todavía no se marchasen. A bien que las dos jovencitas unían sus ruegos a los de la dama, con lo que Luis y Domingo se dejaban convencer fácilmente.

A primeras horas de la tarde del día que siguió a la noche en que don Adolfo cenó tan copiosamente con sus amigos, los dos jóvenes, que por regla general se presentaban a las once de la mañana en casa de doña María, todavía no habían parecido.

Doña Dolores y doña Carmen, reunidas en el comedor, hacían que ordenaban y desempolvaban los muebles para no ir al jardín, donde hacía largo rato las estaba aguardando doña María.

Aunque no hablasen, las jóvenes, mientras ordenaban, o más bien, desordenaban los muebles, consultaban a cada punto el péndulo.