—¿V. se explica, Carmencita, dijo doña Dolores haciendo un gracioso mohín, que mi primo no haya llegado todavía?

—Es inconcebible, querida, respondió al punto doña Carmen, y confieso a V. que estoy en zozobra; dicen que en estos momentos la ciudad anda revuelta. ¡Con tal que no les haya sucedido alguna desgracia!

—Sería horrible.

—¿Qué sería de nosotras solas y sin amparo en esta casa, en la que ya hubiéramos perecido asesinadas a no ser ellos?

—Tanto más cuanto para nada podemos contar con don Jaime, que siempre está ausente.

Las dos doncellas exhalaron un suspiro, cruzaron en silencio una larga mirada, y echándose mutuamente los brazos al cuello rompieron a llorar.

Una y otra se habían comprendido: no era por ellas por quien temían.

—¡Ah! ¿conque le amas? preguntó por fin doña Dolores en voz baja y entrecortada al oído de su amiga.

—¡Oh! sí, respondió suavemente doña Carmen, ¿y tú?

—También.