Entre tanto el guerrillero se había decidido a saltar de su hamaca y a abandonar interinamente su jarabe, y después de liar y encender una pajilla de maíz, avanzó indolentemente algunos pasos hacia el extremo del portillo, y con las manos cruzadas sobre los lomos y el cigarrillo en los labios, fijó una mirada escrutadora en el horizonte.

Un jinete envuelto en densa nube de polvo levantada por la rapidez de la carrera de su cabalgadura, se dirigía hacia la venta.

Don Felipe dio un grito de alegría, pues conoció que el personaje aquel era realmente él a quien tanto tiempo hacía estaba aguardando.

—¡Uf! profirió el viajero tirando de las riendas de su caballo delante del portillo y apeándose, ¡válgame Dios! no puedo más; ¡qué calor tan horrible!

A una seña del coronel, uno de los soldados se hizo cargo del caballo y lo condujo al corral.

—Hola, señor don Diego, dijo el coronel al recién llegado tendiéndole la mano a la usanza inglesa, bienvenido sea V.; casi desesperaba de verle. La comida nos está aguardando; y a fe me parece que no le vendrá a V. mal después de la carrera que acaba de dar.

El ventero introdujo entonces en un cuarto retirado a don Felipe y a don Diego, los cuales se sentaron a la mesa y empezaron a comer con voraz apetito.

Durante la primera parte de la comida, nuestros dos personajes, ocupados enteramente en satisfacer un hambre aguzada por larga abstinencia, no cruzaron sino contadísimas palabras; pero calmado, a no tardar, su ardor, se echaron de espaldas sobre el respaldo de sus respectivas butacas profiriendo un ¡ah! de satisfacción, liaron sendos cigarrillos y los encendieron y empezaron a fumar, acompañándose de pequeños sorbos de refino de Cataluña que el ventero había traído como complemento obligado de la comida.

—Ahora que hemos matado el hambre, gracias a Dios y a San Julián, patrón de los viajeros, departamos un poco, mi querido coronel.

—De mil amores, contestó éste sonriendo.