Dichos hombres eran guerrilleros; un centinela semidormido, apoyado en su lanza y arrimado a la pared, tenía a su cargo el vigilar por las armas de la cuadrilla, puestas en pabellón.
Bajo el portillo había un oficial semitendido en una hamaca a la que con los pies imprimía suave vaivén, mientras con los dedos zangarreaba un jarabe y con voz rajada y baja canturreaba un triste.
En esto salió de la venta un hombrecillo barrigudo y de hinchados carrillos, de mirada maliciosa y burlona fisonomía; el cual, acercándose a la hamaca, saludó respetuosamente al músico improvisado y preguntó:
—¿No quiere V. comer, señor don Felipe?
—Señor ventero, respondió con arrogancia el oficial, me parece que al hablar conmigo podría V. ser un poco más respetuoso y darme el título a que me cabe derecho, es decir, llamarme coronel.
—Perdone V., señoría, repuso el hombrecillo haciendo un nuevo y más reverente saludo, soy ventero y estoy muy poco al cabo de los grados militares.
—No hay de qué, profirió don Felipe. Todavía no quiero comer; estoy aguardando a una persona cuya llegada no puede hacerse esperar.
—Es lástima, señor coronel don Felipe, dijo el ventero, pues se echará a perder la comida que con tanta diligencia he preparado.
—¿Qué quiere V.? Pero ¡voto al chápiro! ponga V. la mesa; he aguardado ya bastante y tengo un apetito que se me lleva.
El ventero saludó y se retiró al punto.