—Esperemos, dijo por fin Luis, desprendiéndose de su amigo y resumiendo con esta sola palabra los sentimientos que bullían en sus corazones.
[IX]
UN HOMBRE DE BIEN
Eran las dos de la tarde. No soplaba la más ligera bocanada de aire; la campiña parecía estar dormida bajo el peso de un sol de plomo, cuyos candentes rayos caían, cual cobre bruñido, sobre la sedienta tierra, y hacían brillar como otros tantos diamantes los guijarros micáceos de una carretera larga y tortuosa que serpenteaba describiendo infinitas sinuosidades al través de una árida campiña sembrada de rocas de un blanco plomizo por las cuales se despeñaba una ígnea cascada de luz deslumbradora.
La atmósfera, del todo transparente, como acontece en los climas privados de humedad, permitía distinguir, limpias y exactas, hasta el último término del horizonte, las diversas desigualdades del paisaje, con una crudeza de tonos y de pormenores que a causa de la falta de perspectiva aérea les imprimía una dureza entristecedora.
En un sitio en que la mencionada carretera se dividía en varias ramificaciones y formaba una como encrucijada, se levantaba una casita de blancas paredes y tejado a la italiana, cuya puerta estaba provista de un portillo formado de troncos de árbol mal escuadrados, que sostenían una mirada provista de un rejado de espesa malla que la cerraba como una jaula.
Aquella casita era una venta.
En el portillo había muchos caballos arrendados, con la cabeza tristemente caída, jadeantes los ijares y cubiertos de sudor, y al parecer tan rendidos por el bochorno del día como por la fatiga.
Acá y allá se veían, con los pies al sol y la cabeza en la sombra, muchos hombres envueltos en sendos sarapes, los cuales estaban durmiendo a pierna suelta.