—Tiene el carácter más encantador y la inteligencia cultivada; en una palabra, reúne todas las gracias y todos los atractivos de la mujer cumplida.
—Sí, profirió Domingo, cuanto dices es la exacta verdad.
—Pues mira, a pesar de todo no puedo conseguir amarla, no puedo; y sin embargo, el deber me obliga a tomarla por esposa, porque la pobre se ha quedado de improviso huérfana, casi arruinada y entregada indefensa al odio de su hermano. Prometido a ella contra mi voluntad, el honor me obliga a llevar a cabo esta unión, última voluntad de su padre al morir, no obstante estar yo enamorado...
—¿Qué quieres decir? preguntó Domingo con voz jadeante.
—Perdóname, amigo mío, respondió Luis; estoy enamorado de doña Carmen.
—¡Oh! gracias, Dios mío.
—¿Qué? no te entiendo.
—También estoy yo enamorado, profirió el vaquero, y tus palabras me han inundado de gozo pues la mujer a quien amo es doña Dolores.
El conde tendió la mano a Domingo, que se echó en los brazos de aquél.
Ambos jóvenes permanecieron largo rato abrazados.