—De mil amores.
Luis y Domingo se sentaron frontero uno de otro, y encendiendo sendos puros, dijo el primero:
—¡Qué día más delicioso hemos pasado!
—¿Cómo no al lado de personas tan amables? repuso Domingo.
—¿Quieres ser franco? dijo prontamente el conde, tomando una resolución repentina.
—Contigo lo soy siempre, ya te consta, respondió el vaquero.
—Pues escucha; tú sabes que apenas hace algunos meses que estoy en Méjico, pero lo que puede decirse ignoras es la causa que me trajo a esta tierra.
—Creo haberte oído decir que llegaste con el intento de casar con tu prima doña Dolores de la Cruz.
—Es verdad; pero lo que tú no sabes es el modo como se convino este matrimonio y las razones que impiden romperlo. Voy a explicártelo sucintamente. Muy niño era yo aún, cuando en virtud de las cláusulas de un pacto de familia me prometieron a doña Dolores de la Cruz, la que ni siquiera sabía yo si estaba en el mundo, y hombre ya, mis padres me requirieron para que cumpliese el compromiso que sin consultarme habían arrostrado en mi nombre. Pese a la repugnancia natural que experimentaba yo hacia unión tan singular con una mujer a quien no conocía, no me cupo sino obedecer, y en su consecuencia abandoné con pesar profundo la vida dichosa, tranquila e indolente que llevaba en París en el seno de mis amistades, y me embarqué para acá. A mi llegada, don Andrés de la Cruz me recibió con el gozo más vivo, me colmó de obsequios, y me presentó a su hija, mi prometida; la cual me reservó una acogida más que fría. Indudablemente doña Dolores no estaba más satisfecha que yo de la unión que la obligaban a contraer con un desconocido, y la mortificaba el derecho que su padre se abrogara disponiendo de su mano sin consultarla, o siquiera sin advertirla; porque, como supe más adelante, doña Dolores ignoraba completamente el pacto estipulado entre las dos ramas de nuestra familia... En cuanto a mí, satisfecho del frío recibimiento de mi prometida, sustentaba la esperanza de que no se llevaría a cabo la boda. Ya sabes tú cuan hermosa es doña Dolores.
—¡Sí lo es! murmuró Domingo.