—Sí, señora, respondió Luis, ayer a las once de la noche vino a vernos.

Los dos jóvenes tomaron entonces asiento y la conversación continuó en tono festivo.

Doña Carmen y doña Dolores, a quienes les placía apurar la paciencia del conde y de Domingo, por más que en su interior sintiesen que éstos no comprendiesen el sentimiento que dictaba sus reproches, no cesaron en sus pullas.

En cuanto a Luis y al vaquero, no podían experimentar dicha mayor que la de encontrarse al lado de aquellas hermosas y sencillas jóvenes; les embriagaba el fuego de sus miradas; escuchaban con arrobo la suave música de su voz, y no pensaban sino en gozar lo más posible de la grata ventura que les deparaba a tan poca costa el destino.

De esta suerte y con la velocidad del sueño se deslizó la tarde y parte de la noche; y al sonar las nueve, se retiraron a su casa, sin cruzar, durante el camino, una sola palabra.

—¿Tienes sueño? preguntó el conde a su amigo, una vez en su habitación.

—No, respondió éste; ¿por qué me lo preguntas?

—Porque desearía hablar contigo.

—Magnífico; yo también tengo que hablarte.

—¡Ah! profirió el conde, pues mientras nos fumamos un puro cada uno y remojamos las fauces con una botella de grog, podemos explicarnos.