—¡Bah! murmuró doña Dolores, esos caballeros habrán sin duda hallado en otra parte ocasión de divertirse, y la aprovecharon.

El conde y Domingo, que no comprendían el lenguaje de las jóvenes, las miraron con sorpresa.

—Ea, locuelas, dijo con blandura doña María, no martiricen Vds. a esos caballeros; les tienen Vds. todos corridos y avergonzados. Si no vinieron antes es porque les fueron imposible.

—Son completamente libres de venir cuando les plazca, profirió doña Dolores con desdén.

—Nos guardaremos muy bien de buscarles quisquillas por tan poco, añadió doña Carmen en el mismo tono.

Los jóvenes, para quien estas últimas palabras fueron el golpe de gracia, perdieron la serenidad.

Las zumbonas jóvenes les miraron por un instante al soslayo, y luego se echaron de improviso a reír de un modo tan franco, que el conde y Domingo palidecieron de despecho.

—¡Vive Dios! exclamó el vaquero, que es demasiada crueldad castigarnos de esta suerte por una falta que no hemos cometido.

—Don Adolfo nos ha retenido a su lado pese a nuestra voluntad, dijo el conde.

—¡Ah! ¿han visto Vds. a don Jaime? preguntó doña María.