¿Cómo lo sabían las jóvenes, cuando en el exterior reinaba el silencio más profundo?

Doña Carmen y doña Dolores abandonaron entonces el comedor, y echaron a correr hacia el jardín como dos palomas despavoridas.

Casi al punto llamaron a la puerta, y sin duda el anciano criado conoció a quien llamaba, pues acudió inmediatamente al llamamiento.

El conde y su amigo entraron.

—¿Están las señoras? preguntó Luis.

—En la huerta, excelentísimo señor, respondió el criado cerrando la puerta.

Las damas estaban sentadas en un bosquecillo: doña María, bordando; las jóvenes, leyendo con mucha atención en la apariencia, con tanta atención, que por más que se sonrojaron súbitamente, no oyeron chillar sobre la arena de las alamedas las pisadas de los visitantes y quedaron grandemente sorprendidas al verles.

Éstos se descubrieron al penetrar en el bosquecillo y saludaron respetuosamente a las damas.

—Por fin han llegado Vds., señores, dijo doña María sonriendo; ¿saben Vds. que estábamos en zozobra?

—¡Oh! repuso doña Carmen repulgando la boca.