—Dice V. bien; por eso siento tener que dirigirme a él.

—Pero en definitiva, ¿de qué se trata?

—Es un secreto.

—¿No soy yo amigo de V.? Quépale la certeza de que seré mudo como una tumba.

—¿Me promete V. el silencio? preguntó don Diego después de reflexionar un rato, o de hacer que reflexionaba.

—Por mi honor se lo juro a V.

—Entonces nada me veda hablar. Vea V. sencillamente de qué se trata: nada nuevo le contaré a V. si le digo que hay multitud de espías que sirven a la vez a las dos causas y que sin el menor escrúpulo venden a Miramón los secretos de nuestras operaciones militares, mientras se hacen pagar muy bien las noticias que nos proporcionan respecto de las del enemigo. Ahora bien, el gobierno de su excelencia don Benito Juárez, en este momento tiene los ojos abiertos sobre las maquinaciones de dos hombres de quienes se sospecha muy fundadamente que desempeñan este doble papel; pero los individuos de que se trata son astutos si los hay y tienen tan bien tomadas sus providencias, que pese a la cuasi certeza moral que existe contra ellos, hasta la actualidad ha sido imposible conseguir la más insignificante prueba de la verdad: a esos dos hombres convendría desenmascararlos apoderándose de sus papeles particulares, por la entrega de los cuales recibirá, él que los proporcione, quince mil duros inmediatamente además de los diez mil de anticipo. Una vez el general gobernador sea dueño de estas pruebas, no vacilará ya en mandarles al consejo de guerra. Ya ve V. que el negocio es realmente honroso para él que se encargue de darle cima.

—Efectivamente, repuso don Felipe, el adquirir semejante certeza es un acto de patriotismo meritorio. ¿Y quiénes son esos dos hombres?

—¡Qué! ¿no se lo dije a V.?

—Es lo único que se le ha olvidado a V. decirme.