—No crea V. que sean unos pelagatos ni mucho menos: el primero acaba de ser nombrado secretario particular del general Ortega, y si no estoy mal informado, el segundo levantó recientemente una cuadrilla a su costa.

—Pero bien, ¿cómo se llaman?

—Usted les conoce mucho, o a lo menos así lo creo yo; el primero es don Antonio Cacerbar y el segundo...

—Don Melchor de la Cruz, interrumpió con viveza don Felipe.

—¡Ah! ¡lo sabía V.! exclamó don Diego con sorpresa perfectamente fingida.

—La elevación súbita de esos dos individuos, el crédito casi ilimitado de que gozan para con el presidente, me había dado ya que sospechar; nadie comprende el porqué de este repentino favor.

—De ahí que haya quien juzgue necesario dilucidar el asunto asegurándose de un modo positivo que tal son esos sujetos.

—Yo lo sabré, dijo don Felipe, se lo prometo, y las pruebas que me exige, las pondré en manos de V.

—¿De veras?

—Se lo juro a V., tanto más cuanto considero como un deber de hombre honrado el coger a esos pilletes con las manos en la masa. Y luego añadió, sonriendo de un modo particular: nadie posee los medios que yo para conseguir este resultado.