—Ojalá no se equivoque V., coronel, porque de suceder tal como V. dice, creo poder asegurarle que el agradecimiento del Gobierno para con V. no se limitará al dinero del que voy a entregarle parte.

Don Felipe sonrió con orgullo al escuchar esa transparente alusión al grado inmediato, que él tanto ambicionaba.

Al parecer sin que reparase en la sonrisa de su interlocutor, don Diego sacó de una gran cartera una hoja de papel doblado en cuarto y la puso en manos del guerrillero, que se apoderó de ella con gesto de gozo y expresión de rapacidad satisfecha que daba a sus facciones, y esto que las tenía bastante hermosas y correctas, algo de vil y de despreciable.

Aquel papel era una letra de diez mil duros pagadera a la vista, girada contra una gran casa de banca inglesa de Veracruz.

—¿Se va V.? preguntó el coronel a don Diego, al ver que éste se levantaba.

—Sí, siento verme obligado a dejarle a V.

—Hasta la vista, señor don Diego.

El joven se subió nuevamente sobre su caballo y se alejó con rapidez, mientras decía para sus adentros:

—Me parece que esta vez está bien armada la ratonera y que los miserables van a quedar cogidos en ella.

El coronel se había sentado de nuevo en la hamaca y vuelto a zangarrear el jarabe con más bríos que afinación.