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AMOR

Dolores y Carmen estaban solas en el jardín.

Acurrucadas, como dos temerosas currucas, en el interior de un bosquecillo de naranjos, de limoneros y de granados en flor, estaban charlando a cual más.

Doña María, ligeramente indispuesta, se había visto obligada a no moverse de su dormitorio, o a lo menos tal era el pretexto que diera a las jóvenes para no ir con ellas al jardín; pero en realidad se había encerrado para leer una carta importante que don Jaime le mandara por mano de un hombre fiel a toda prueba.

Las jóvenes, libres de toda vigilancia, se aprovechaban de la ocasión para confiarse sus sencillos y suaves secretos, y pocas palabras les bastaron para hacer entre ellas inútil toda explicación. Así es que no acudieron a subterfugios ni a frases de doble sentido, sino que se entregaron a una confianza entera e ilimitada, y fácilmente estipularon ayudarse mutuamente para obligar a los donceles amados a que por fin rompiesen su prolongado silencio y las permitiesen que en el corazón de cada uno de ellos pudiesen leer el nombre de la preferida.

Precisamente éste era el grave e interesante tema sobre el que en tal momento versaba la conversación de las dos jóvenes.

Aunque una ni otra tuviesen ya que confesarse su mutuo amor, con todo y debido a un sentimiento de dignidad inseparable de toda pasión verdadera, vacilaban y retrocedían sonrojándose ante la idea de impeler a los dos jóvenes a que se declarasen.

Doña Carmen y doña Dolores eran verdaderamente sencillas e inocentes, ignorantes de todas las coqueterías y de todas las truhanadas que constituyen la moneda corriente de Europa, pueblo sedicente civilizado, en el cual las mujeres suelen convertir el amor en un juego cruel y a las veces implacable.