Por una de esas casualidades que no se explican y que con tanta frecuencia surgen en la vida real, la conversación de las dos doncellas, era, con ligeras variantes, la misma que el conde y su amigo sostuvieron sobre el mismo asunto.
—Dolores, decía doña Carmen con voz de mimo, V. es más animosa que yo, y más que yo conoce a don Luis, que por otra parte está emparentado con V. ¿Por qué pues se muestra usted tan reservada para con él?
—¡Ay! mi querida amiga, respondió doña Dolores, esta reserva me la impone mi posición. Hoy que me veo abandonada de todos, no me queda más pariente que él, mi prometido de la infancia.
—¿Cómo es posible que haya padres que de esta suerte encadenen a sus hijos, sin consultarles, y les condenen a un porvenir de amarguras? dijo doña Carmen.
—Dicen que en España esto es muy frecuente, querida mía, respondió doña Dolores; por otra parte, ¿a nosotras las mujeres nuestra flaqueza no nos hace esclavas de los hombres, que han conservado para sí el poder supremo? Por más que esta intolerable tiranía nos haga gemir, no nos cabe sino humillar la frente.
—Demasiado cierto es lo que V. dice; sin embargo, me parece que si resistiésemos...
—Seríamos infamadas, y nos señalarían con el dedo, y perderíamos nuestra reputación.
—¿Así pues, y a pesar de lo que le dicta a usted el corazón, determina llevar adelante la boda esa?
—¡Qué quiere V. que le diga! sólo el pensar que el matrimonio ese puede efectuarse, me quita el juicio; sin embargo, no vislumbro como evitarlo. El conde vino de Francia con el único objeto de casar conmigo, y mi padre, al morir, le hizo prometer que no me abandonaría y que llevaría adelante la unión esa. Ya ve V. que existen razones graves si las hay para que me sea imposible evadirme a la suerte funesta que me amaga.
—¿Pero por qué, repuso con fuego doña Carmen, no tiene V. una explicación franca y leal con el conde? De hacerlo así tal vez se allanarían todas las dificultades.