Segunda: dichos delegados nombrarán a la persona que deberá regir los destinos de la república, ínterin una asamblea general resuelve las diferencias que dividen a los mejicanos.
Tercera: determinarán asimismo, los repetidos delegados, la forma y modo de convocar al Congreso.
Este oficio, dirigido el 3 de octubre de 1860 al representante de España, terminaba con las siguientes significativas palabras que demostraban claramente el cansancio de Miramón y el verdadero deseo que de concluir con el estado anómalo de la república le animaba:
« Quiera Dios que este convenio, intentado con carácter confidencial, obtenga mejor resultado que los propuestos hasta la fecha. »
Como todo daba pie a suponerlo, esta tentativa suprema de reconciliación fracasó por completo, por una razón muy sencilla y fácil de comprender hasta para aquéllos que vivían alejados de la política.
Juárez, dueño de la mayor parte del territorio de la república, se sentía en su gobierno de Veracruz demasiado fuerte enfrente de su fatigado adversario, para no mostrarse intratable respecto de la esencia del pacto que se le proponía: no quería compartir la situación por medio de concesiones recíprocas, sino triunfar enteramente.
Sin embargo, como valiente león acorralado por los cazadores, Miramón, que no había perdido la fe en su tan a menudo vencedora espada, todavía no desesperaba, o más bien, no quería desesperar. Así pues y con el fin de retener los esparcidos restos de sus últimos defensores, el 17 de noviembre les dirigió un llamamiento supremo, en el cual se esforzó en reavivar las moribundas chispas de su ya perdida causa, ensayando imbuir a los que aun le rodeaban la energía que él conservaba intacta.
Por desgracia la fe se había apagado; así es que sus palabras no hallaron sino oídos cerrados por el interés personal o por el miedo. Nadie quiso comprender aquel grito supremo de agonía de un patriota grande y sincero.
Con todo, era menester tomar una resolución u otra: o renunciar a proseguir la lucha, o tentar nuevamente la suerte de las armas y resistir hasta el postrer aliento.
Esta última fue la resolución que, tras maduras reflexiones, tomó el general.