[XI]
SORPRESA
Retrocediendo un poco, referiremos qué había pasado desde el día en que Miramón dispusiera tan libremente del dinero de los bonos de la Convención depositado en el consulado inglés, hasta él en que ha llegado nuestra historia; porque los acontecimientos políticos no solamente no fueron extraños a ella, sino que precipitaron el desenlace de la misma.
Conforme don Jaime predijera a Miramón, el modo inconsiderado con que el general Márquez ejecutara las órdenes que éste le diera, y el acto financiero ilegal de apoderarse de los fondos de la Convención, habían fatalmente manchado el carácter hasta entonces tan puro de toda arbitrariedad y de toda expoliación del joven presidente.
Al saber semejante noticia, los individuos del cuerpo diplomático, entre ellos el embajador de España y el representante de Francia, que más simpatías sentían por Miramón que no por Juárez, debido a la nobleza de su carácter y a su elevación de miras, habían considerado, desde aquel momento, la causa del partido moderado representada por Miramón, como irremisiblemente perdida, a menos de obrarse uno de esos milagros tan frecuentes en las revoluciones, pero del cual nada hacía sospechar la posibilidad. Por otra parte, la cantidad relativamente importantísima de los bonos de la Convección, unida a la que don Jaime pusiera en manos del presidente, no sólo no había sido suficiente para enjugar el déficit, pero ni siquiera a disminuirlo sensiblemente.
La mayor parte del dinero fue empleado en pagar a los soldados; los cuales, como hacía tres meses que no se les repartía la paga, empezaban murmurar y a amenazar con que desertarían en masa.
Pagado el ejército, o poco menos, Miramón abrió banderines de enganche con el objeto de aumentarlo y probar por última vez fortuna en el campo de batalla, resuelto a defender palmo a palmo el poder que libremente le confiaran los representantes de la nación.
Sin embargo, y a pesar de la confianza que fingía, el joven y arriesgado general no se forjaba ilusión alguna respecto de su precaria situación frente a las fuerzas cada vez más considerables y en realidad imponentes de los puros, como se apellidaban a sí mismos los partidarios de Juárez. Así es que antes de jugar su última partida, quiso ensayar el último medio de que aún podía echar mano, es decir, una mediación diplomática.
El embajador de España, a su llegada a Méjico, había reconocido al gobierno de Miramón. A este diplomático acudió pues, en su apuro, el acorralado presidente, con el fin de alcanzar una mediación de los ministros residentes, para intentar por medio de la reconciliación llegar al restablecimiento de la paz, proponiendo someterse a ciertas condiciones, de las cuales copiamos a continuación las más importantes:
Primera: los delegados nombrados por las partes beligerantes, celebrarán una conferencia con los representantes de las potencias europeas y él de los Estados Unidos, para excogitar el modo de restablecer la paz.