Doña Dolores no había huido tan precipitadamente del bosquecillo más que para coordinar un poco sus ideas, reponerse de la honda conmoción que acababa de experimentar, y dirigirse al encuentro de Carmen; la cual salía de la casa en el instante en que iba a entrar en ella doña Dolores.

La prima del conde, al ver a aquélla, se arrojó en sus brazos y echó a llorar a lágrima viva.

Doña Carmen, asustada del estado en que veía a su amiga, la condujo suavemente a su dormitorio, donde ésta permaneció largo rato antes no pudo contar a su compañera lo que acababa de ocurrir en el bosquecillo, y como la imprevista llegada de Domingo la había obligado, por decirlo así, a confesar su amor.

La hija de doña María, que estaba muy distante de esperar un desenlace tan rápido y sobre todo tan propicio, experimentó un gozo indecible.

No ya más trabas, no más dudas; en lo sucesivo las dos podrían entregarse sin reservas a sus más gratas esperanzas. ¿Qué debían temer ahora que estaban seguras del amor de los dos jóvenes? ¿qué obstáculo podría impedir su pronta unión?

Así raciocinaba doña Carmen, para apaciguar el pudor un tanto alborotado de su amiga a causa de la confesión que inconscientemente se la escapara y la llenaba de vergüenza.

Las doncellas son así; consienten que aquel que las ama adivine su amor; pero consideran como una falta punible el declararlo ante él.

Carmen, que llevaba algunos años a Dolores y por consiguiente era más fuerte contra sus propias emociones, hizo suave burla de la debilidad de su amiga, y poco a poco la hizo convenir en que aun cuando había declarado su amor, no lo deploraba.

Doña Dolores y doña Carmen abandonaron entonces el aposento, y componiéndose el rostro para borrar de él todo vestigio de emoción, se encaminaron al jardín, en él que no hallaron a nadie.