—Nada que deba desasosegarle a V., respondió sonriendo el conde; doña Dolores le permite a V. adorarla.

—¡Es cierto! exclamó Domingo abalanzándose a la joven y cayendo de rodillas a los pies de ésta.

—¡Oh! primo, profirió doña Dolores con acento de suave reproche, ¿por qué abusó usted de esta suerte de un secreto?

—Que V. no me había confiado, repuso el conde, pero que adiviné.

—¡Traidor! dijo la joven levantándose prontamente y amenazando a su primo con el dedo; si V. adivinó mi secreto, también adiviné yo él de V.

En pronunciando estas palabras, doña Dolores desapareció con la ligereza de un pájaro, dejando a solas a Luis y a Domingo.

Éste, que no sabía a qué atribuir una fuga tan imprevista, hizo un movimiento como para precipitarse tras la joven; pero el conde le detuvo, diciéndole:

—No te muevas; el corazón de las doncellas encierra misterios que deben no ser descubiertos. ¿Qué más quieres ahora que estás seguro de su amor?

—¡Oh! amigo mío, profirió el joven echando los brazos al cuello de Luis, soy el más dichoso de los hombres.

—Egoísta, le dijo en voz baja el conde; sólo piensas en ti cuando mi alma tal vez llora sin esperanza.