—Dolores, V. no me ama, su corazón pertenece a otro; de consiguiente, de llevar adelante la boda, los dos labraríamos nuestra infelicidad. Ya la ha sujetado a V. a bastantes duras pruebas el destino a una edad en que la vida debe estar sembrada de flores. Sea V. dichosa con aquel a quien V. ama. Si de mí dependiese, a no tardar su destino de V. estaría unido al suyo. Nada tema, justificaré el precioso título de amigo que V. me da, allanando los obstáculos que tal vez se opongan al cumplimiento de sus más caros deseos.
—¡Ah! exclamó la joven con los ojos arrasados en lágrimas y estrechando la mano que tenía asida la suya, ¿por qué no le amo a V., tan digno como es de inspirar sentimientos de ternura?
—El corazón tiene estas anomalías, prima; ¿quién sabe? tal vez valga más que suceda así; ahora enjugue V. sus lágrimas, mi querida Dolores; no vea V. en mí sino un amigo abnegado, un confidente fiel, a quien podría V. confiar sus hechiceros secretos si éstos no me fuesen ya conocidos.
—¡Qué! murmuró la joven mirando con sorpresa a su interlocutor, ¿V. sabe?
—Todo, prima; de consiguiente sosiéguese usted. Por otra parte él no fue tan discreto; todo me lo ha confesado.
—¡Me ama! exclamó Dolores, poniéndose en pie; ¿es posible?
En esto se oyó precipitado ruido de pasos fuera del bosquecillo.
—Él mismo va a decírselo a V.
—¡Ah! murmuró la joven cayendo temblorosa sobre el banco del que acababa de levantarse, al ver entrar a Domingo.
—¡Dios mío! profirió éste palideciendo, ¿qué pasa?