—¡Prima! ¡prima! exclamó con vehemencia el conde, yo no lo entiendo de esta manera; a su padre de V. le juré no sólo velar por V., sino también labrar su dicha por cuantos medios estuviesen a mi alcance. La mano que está V. pronta a cederme, en acatamiento a la voluntad de su progenitor, no la acepto ni la aceptaré como a ella no la acompañe su corazón de V. Sea cual fuere el sentimiento que V. me inspire no la obligaré nunca a doblegarse a una unión que sería para V. una desventura.
—Gracias, primo, gracias, murmuró la joven bajando los ojos; es V. noble y bondadoso.
—Dolores, dijo el conde tomando suavemente la mano a su prima, y permítame V. que la apellide así, somos amigos ¿no es cierto?
—¡Oh! sí, respondió la joven con voz apenas perceptible.
—¿Pero nada más amigos? añadió Luis titubeando.
—¡Ay! suspiró Dolores.
—Basta, profirió el conde de Saulay; es inútil insistir; es V. libre.
—¿Qué quiere V. decir? exclamó la joven con ansiedad.
—Que la eximo de todo compromiso para conmigo; que renuncio a la honra de hacerla a usted esposa mía, sin por esto abdicar del derecho, si V. lo consiente, de velar por su dicha.
—¡Primo!