—Dios me libre de suponer lo contrario, primo; ya sabe V. cuan profundamente agradecida le estoy por los favores que nos ha dispensado.
—Es muy vaga la palabra agradecimiento, prima, dijo con intención el conde.
—¿Qué otra palabra me sería dable emplear? preguntó doña Dolores, fijando su límpida y hechicera mirada en su interlocutor.
—He dicho mal, dispénseme V., profirió Luis; y es que la situación en que respectivamente nos encontramos es tan singular, que en verdad no sé como expresarme teniendo que hacer yo siempre uso de la palabra; temo serle a V. enojoso.
—No, primo, en este punto esté V. tranquilo, repuso la joven sonriendo; es V. mi amigo, y como tal tiene V. derecho a decirme lo que le plazca.
—El título de amigo que me da V. prima, don Andrés, que Dios tenga en gloria, deseaba...
—Sí, interrumpió con cierto apresuramiento la joven, ya sé a qué alude V.: mi padre sustentaba respecto de mí algunos planes referentes a mi porvenir, que no pudo realizar por haberle sobrevenido la muerte.
—Proyectos que sólo depende de V. él que se realicen, dijo el conde.
Doña Dolores pareció vacilar por espacio de uno o dos minutos, y luego con voz trémula y poniéndose un tanto pálida, repuso:
—Para mí los deseos de mi padre equivalen a órdenes, primo; el día que le plazca a V. exigir mi mano, se la daré.