El conde y doña Dolores quedaron solos. Su situación era singular y sobre todo muy engorrosa al encontrarse de improviso en disposición de dar principio a una explicación ante la cual, pese a la urgente necesidad que de celebrarla sentían ambos, los dos retrocedían.

Si para una mujer es difícil confesar al hombre que la galantea, que ella no le ama, más difícil es y más penoso aún cuando tal confesión debe salir de labios de un hombre.

Transcurrieron algunos minutos durante los cuales los dos jóvenes permanecieron silenciosos y se contentaron con cruzar algunas miradas al soslayo. Por fin y como el tiempo iba discurriendo, y el conde temía, de no aprovechar aquella favorable coyuntura, que no volvería a presentarse tal vez nunca más, se decidió a tomar la palabra.

—Y bien, prima, dijo el joven con acento el más natural que pudo fingir: ¿empieza V. a acostumbrarse a esta vida de recluida en que la metieron las desgraciadas circunstancias que llovieron sobre V.?

—Estoy del todo acostumbrada a esta existencia tranquila y reposada, primo, respondió la joven; y si no fuesen los tristes recuerdos que a cada instante me asaltan, le confieso que sería completamente dichosa.

—La felicito a V., prima.

—En efecto, ¿qué me falta aquí? doña María y su hija me quieren, me rodean de cuidados y de atenciones, tengo un pequeño círculo de amigos devotos. ¿Qué más puedo desear en este mundo, donde la verdadera felicidad no existe?

—Envidio su filosofía, prima, repuso Luis; sin embargo, mi deber de pariente... y de amigo, me obligan a hacerla observar que esta situación, por muy dichosa que sea, no puede pasar de precaria, ya que no le cabe a V. esperar pasar el resto de su existencia en el seno de esta encantadora familia. De improviso pueden surgir mil acontecimientos imprevistos que la separen violentamente de ella.

—Es cierto, primo, repuso doña Dolores en voz baja y conmovida.

—Usted sabe, continuó el conde, cuan poco, en esta desdichada tierra, puede uno fiar en lo porvenir; particularmente una joven de la edad y hermosura de V. está expuesta a mil peligros de los que casi le es imposible evadirse. Yo, sino su pariente de V. más cercano, soy el más realmente devoto. ¿V. así lo cree, no es cierto?