—Y más, primo, repuso doña Dolores, los innumerables servicios que V. nos ha prestado le dan derecho a nuestra gratitud.
—Así es que suceda lo que quiera, continuó doña Carmen sonriendo, tanto V. como Domingo serán siempre bien llegados a esta casa.
—Me colman Vds. de favores, señoritas, dijo Luis.
—¿No nos cabrá hoy el placer de ver a su amigo de V.? preguntó doña Carmen.
—Antes de una hora estará aquí; pero ¿se va V.?
—¿Por qué me lo pregunta?
—Como veo que se levanta.
—Pronto estoy de vuelta; denme permiso por algunos minutos, dijo la joven. Mientras voy a ver como se encuentra mi madre, Dolores se queda con V.
—Vaya V., señorita, profirió Luis, y sírvase decir a su señora madre cuánto siento su indisposición.
Doña Carmen saludó y desapareció corriendo como un pájaro.