—Buena está la excusa, primo, profirió la joven, y por buena la admitimos Carmen y yo; ahora, siéntase V. ahí, entre las dos, y hablemos.
—Con sumo gusto, prima.
—Luis entró entonces en el bosquecillo y tomó asiento entre las dos jóvenes.
—Permítame V., doña Carmen, dijo el conde inclinándose cortésmente hacia la doncella, que la salude muy respetuosamente y me informe de su preciosa salud.
—Le agradezco a V. la atención, caballero, dijo doña Carmen; a Dios gracias, mi salud es excelente; así quisiera la de mi madre.
—¿Está enferma doña María? preguntó Luis con el interés más vivo.
—Espero que no; sin embargo, está lo bastante indispuesta para no poder salir de su dormitorio.
El conde hizo un movimiento como para levantarse, y dijo:
—Tal vez mi presencia aquí en tales circunstancias parecería importuna; voy...
—No, no se mueva V., caballero; para nosotras no es V. un extraño. Y luego añadió con intención: el ser primo y novio de doña Dolores le autoriza a V. para quedarse.