—¿Cómo lo sabes tú, querida? preguntó la primera.
—Lo adivino en los latidos de mi corazón, respondió la hija de doña María sonrojándose.
—Viene solo a lo que parece.
—Sí.
—¡Virgen santa! ¿ocurrirá alguna novedad?
—Dios quiera que no.
Luis pareció a la entrada del bosquecillo, solo, saludó a las dos jóvenes y aguardó a que éstas le diesen permiso para pasar adelante.
Doña Dolores le tendió la mano sonriendo, mientras su compañera se inclinaba para ocultar su rubor.
—Bien llegado sea V., primo, dijo doña Dolores tendiéndole la mano y con gesto el más risueño; tarde se deja V. ver hoy.
—Mucho me halaga, prima, repuso el conde, que haya V. advertido este retardo involuntario; mi amigo Domingo, obligado a salir muy temprano esta mañana para un sitio distante dos leguas de la capital, me encargó una comisión que me fue preciso llenar antes de tener la dicha de venir a saludarla a V.