—¿No es el jefe de los Puros? dijo riendo el aventurero.
—¡Maldito sea! exclamó Miramón.
—¿Por qué no quiere V. seguir mi consejo?
—Porque el plan que V. me propone es impracticable.
—¿Y ésta es la única causa que le impide a usted aceptarlo? preguntó con disimulo el aventurero.
—Además, respondió Miramón un tanto turbado, porque lo hallo indigno de mí.
—¡Oh! general, permítame que le diga que usted no me comprendió.
—Usted se chancea, profirió Miramón; le comprendí tan bien, que si se empeña le repetiré textualmente el plan por V. concebido y que, añadió sonriendo, por amor propio de autor tiene tanto empeño en verlo en ejecución.
—¡Ah! murmuró el aventurero con gesto de duda.
—El plan es éste: salir prontamente de la ciudad, sin llevarme conmigo artillería para marchar con más rapidez, y al través de senderos extraviados salir al encuentro del enemigo, sorprenderlo y atacarlo.