—Y derrotarlo, añadió el aventurero con intención.
—¡Oh! ¡oh! profirió el general con acento de duda.
—Es infalible. Note V. que sus enemigos le suponen con razón encerrado en la ciudad, ocupado en fortificarse en ella en previsión del sitio con que le amenazan; que desde la derrota del general Márquez, saben que partidario alguno de V. recorre el campo; que por lo tanto no tienen que temer ningún ataque, y que avanzan confiadamente.
—Dice V. bien.
—Luego, nada más fácil que derrotarlos; la guerra de guerrillas no sólo es la única que V. puede hacer en la actualidad, sino la que ofrece más probabilidades de triunfo. Hostigando incesantemente a sus enemigos, y batiéndolos por grupos, le queda a V. la esperanza de coger de nuevo por los cabellos a la fortuna y de librarse de su competidor. Como en tres o cuatro encuentros lleve V. la ventaja, cuantos le abandonan por creerlo a V. perdido van a agruparse de nuevo y en tropel en torno de V. y el ejército de Juárez desaparece.
—El plan es atrevido, lo veo.
—Y por otra parte le ofrece a V. una gran ventaja.
—¿Cuál?
—La de que si es V. vencido, ennoblece su caída, ya que le coge con las armas en la mano y en el campo de batalla en lugar de dejarse ahumar como una zorra en su madriguera por un enemigo a quien V. desdeña y verse dentro de algunos días obligado a aceptar una capitulación vergonzosa, para evitar a la capital de la república los horrores de un sitio.
El general se levantó y empezó a pasearse por el gabinete, hasta que al cabo de un instante se detuvo delante del aventurero y le dijo con voz afectuosa: