—Gracias, don Jaime, gracias, dijo Miramón, con voz afectuosa; su ruda franqueza de V. me produjo grata impresión, pues me demuestra que a lo menos me queda un amigo fiel en la adversidad. ¡Ea! adopto su plan de V., don Jaime, y hoy mismo voy a ponerlo en obra, ¿Qué hora es?

—Todavía no las cuatro.

—A las cinco habré salido de Méjico.

El aventurero se levantó.

—¿Me deja V., amigo mío? le preguntó el presidente.

—Ya no es necesaria aquí mi presencia, general; así pues con su permiso me voy.

—¿Volveremos a vernos?

—Sí, general, en el momento de la batalla. ¿Dónde piensa V. atacar al enemigo?

—Aquí, respondió Miramón, colocando un dedo sobre un punto del mapa, en Toluca, a donde su vanguardia no llegará antes de las dos de la tarde, avanzando con rapidez, puedo yo estar en Toluca mediado el día y de esta suerte contar con el tiempo necesario para preparar mi ataque.

—El lugar está bien escogido, general; le profetizo a V. la victoria.