Lo que el presidente iba a intentar era un verdadero golpe de mano, y de los más arriesgados, pero que por esta misma razón tenía muchas probabilidades de buen éxito.

Miramón cabalgaba al frente de su ejército, en medio de su estado mayor, con el cual departía alegremente; al verle tan tranquilo y risueño, no parecía sino que ninguna preocupación le entristecía el espíritu, y que al salir de Méjico había recobrado esa dichosa indolencia de la juventud que los cuidados anejos al poder le hicieron olvidar tan rápidamente.

Aunque un tantico fresca, la mañana era heraldo de hermoso día; de la tierra subía una transparente niebla que los rayos del sol, más ardientes por momentos, iba desvaneciendo, y acá y allá, en los llanos, aparecían algunas recuas de mulos, conducidas por arrieros, que se dirigían a Méjico y cruzaban incesantemente la marcha de las tropas.

El suelo, bien cultivado, no ofrecía huella alguna de la guerra; al contrario, la campiña parecía gozar de la calma más profunda.

A lo largo de los caminos se veía a algunos indios, unos conduciendo bueyes a la ciudad, otros llevando a la misma frutas y legumbres, todos diligentes y cantando con indolencia para matar el tedio y distraer la monotonía del camino.

Dichos indios, al pasar por delante de Miramón, a quien conocían perfectamente, se detenían admirados, se descubrían y le saludaban con respeto.

A una orden del presidente los soldados se internaron en senderos extraviados casi intransitables y por los cuales avanzaban a duras penas los caballos. Sin embargo, la marcha se hizo todavía con más rapidez y en medio del mayor silencio.

Miramón y los suyos iban acercándose al enemigo.

A eso de las diez de la mañana el presidente mandó hacer alto para dar un poco de descanso a los caballos y a los soldados el tiempo necesario para almorzar.

Por regla general nada hay tan curioso como un ejército mejicano; todos los soldados van acompañados de su mujer, encargada de llevar las provisiones de boca y preparar las comidas. Estas desdichadas, que arrostran con ánimo sereno todas las espantosas consecuencias de la guerra, acampan a alguna distancia de las tropas cuando éstas se detienen; lo que da a los ejércitos mejicanos la apariencia de una emigración. Mientras dura la batalla, las mujeres permanecen espectadoras impasibles de la lucha, sabiendo anticipadamente que van a convertirse en botín del vencedor; sin embargo, aceptan, o más bien, se someten con filosófica indiferencia a esta dura necesidad.