El cual después de haber inspeccionado sus armas con la mayor escrupulosidad para en el probable caso de tener que servirse de ellas estar seguro de que no le darían higa, se tendió en el suelo, boca abajo, como un indio de las altas sabanas, y con movimiento undulatorio, lento y casi imperceptible, avanzó hacía el rancho del Palo Quemado, y poco antes de llegar a éste, vio lo que hasta entonces no advirtiera, o si decimos unos diez o doce caballos arrendados y gran número de hombres que, tendidos en el suelo, estaban durmiendo.

Inmóvil delante de la puerta del rancho y sin duda colocado en tal sitio para velar por la seguridad general, había un hombre armado de una larga lanza.

El aventurero se detuvo: la situación era peligrosa; fueren cuáles fuesen los individuos reunidos en el rancho, no habían descuidado precaución alguna para el caso en que hubieran querido sorprenderles.

Sin embargo, cuanto mayores parecían las dificultades, más comprendía el aventurero la importancia del secreto que él anhelaba sorprender. Por lo tanto y pese al inminente peligro que debiese arrostrar, resolvió saber quiénes eran los miembros de aquella reunión clandestina y por qué se habían congregado.

El lector conoce lo bastante al aventurero a quien le hemos dado a conocer bajo distintos nombres, para adivinar que una vez resuelto a seguir adelante no titubearía en hacerlo.

En efecto, don Jaime puso en obra su plan, pero redoblando la prudencia y sobre todo las precauciones; no avanzando, por decirlo así, sino paso a paso y arrastrándose con la silenciosa elasticidad de un reptil.

Lo que también hizo el aventurero, fue que en vez de dirigirse en línea recta hacia el rancho, lo rodeó con objeto de cerciorarse de que además del centinela colocado delante de la puerta no tenía que temer verse descubierto por alguno que vigilase emboscado en la trasera del edificio.

El aventurero que, según había previsto, notó que el rancho sólo estaba vigilado en la parte delantera, se levantó y examinó los alrededores cuanto se lo permitieron las tinieblas, y descubriendo un corral, cerrado por un seto vivo, que se unía a la habitación, y que al parecer estaba desierto, buscó una abertura por la cual poder deslizarse al interior, lo que consiguió después de algunos minutos de tanteo.

Don Jaime penetró pues en el corral, y siguiendo adelante arrimado al seto, poco después llegó casi hasta el pie de la pared del rancho.

Lo que más admiraba a nuestro excursionista nocturno era que no hubiese sido venteado y perseguido por el perro que por modo tan ruidoso anunciara su llegada.