—Ahí el Palo Quemado, dijo don Jaime.
—Sí, repuso López.
Ambos avanzaron unos pasos más y se detuvieron.
De improviso un perro se puso a ladrar desaforadamente.
—¡Demonios! es preciso no detenernos, dijo el aventurero, ese maldito animal nos delataría.
Los dos jinetes espolearon a sus monturas y partieron a escape.
Poco después los ladridos del perro degeneraron en sordos gruñidos y por último el animal se calló del todo.
Los jinetes se detuvieron, y don Jaime se apeó y dijo a López:
—Oculta los caballos por ahí cerca y aguárdame.
López, que no era hablador, cumplió sin chistar las órdenes de su amo.