—Perfectamente.

—¿Me voy con V.?

—¿Dónde está tu caballo?

—En un corral próximo a la garita.

—Lejos está; no puedo aguardarte. Vigila. Adiós.

—Vigilaré, repuso el desconocido tendiéndose nuevamente al pie de la cruz.

Los dos jinetes anudaron su marcha.

—Realmente se dirige al Palo Quemado, dijo don Jaime; allá daremos con él.

—Es probable, profirió López con la mayor impasibilidad; y hasta me parece imposible que no lo haya yo adivinado más pronto.

Los dos jinetes galoparon por espacio de una hora, sin cruzar palabra, y al final de ella percibieron a corta distancia una mole sombría cuyo negro bulto se destacaba sobre la menos densa oscuridad del campo que la rodeaba.