Al parecer, don Jaime sabía qué dirección seguir, pues galopaba sin perplejidades al través de las calles. Cuando llegó a la garita de San Antonio, empezaban ya a entrar en la ciudad algunos hortelanos.
Al encontrarse no seis cientos pasos de la garita, en un sitio donde el camino forma una encrucijada en cuyo centro se levanta una cruz de piedra a la que afluyen seis carreteras bastante anchas pero mal conservadas, el aventurero se detuvo nuevamente y dio otro silbido, a cuyo son se levantó un hombre que estaba tendido al pie de la mencionada cruz y que permaneció en actitud del que aguarda que le interroguen.
—¿Ha pasado por aquí un sujeto montado en un caballo pío y tocado con un sombrero con golilla de oro? preguntó el aventurero.
—Sí, señor, respondió el interpelado.
—¿Hace mucho tiempo?
—Una hora.
—¿Iba solo?
—Solo.
—¿Qué dirección tomó?
—Ésta, respondió el desconocido tendiendo el brazo hacia el segundo camino de la izquierda.