—El militar entregó su sombrero de plumas al peón, el cual entró en la casa para salir de nuevo y al instante trayendo un sombrero de piel de vicuña con golilla de oro, un par de pistolas y un fusil; luego calzó unas espuelas de plata al oficial, que tomó las armas, se puso el sombrero, subió a caballo y emprendió la marcha.
—¿Qué dirección tomó?
—La de la plaza Mayor.
—¿Y el peón?
—Se metió otra vez en la casa.
—¿Estás seguro de que uno ni otro te vieron?
—Lo estoy.
—Está bien, vigila, y adiós.
—Adiós, repitió el desconocido perdiéndose en medio de las tinieblas.
El aventurero y su peón volvieron grupas, y a no tardar llegaron a la plaza Mayor, que atravesaron sin detenerse.