Al punto y de la oquedad de una puerta se destacó una sombra, más bien dicho, un hombre, que avanzó hasta el medio de la calle, donde se detuvo sin proferir palabra.
—¿Pasó alguien por aquí durante los tres últimos cuartos de hora? preguntó el aventurero.
—Sí y no, respondió lacónicamente el desconocido.
—Explícate.
—Vino un hombre que se detuvo delante de la casa que está a la derecha de V., dio dos palmadas, y a poco se abrió una puerta, por la que salió un peón conduciendo de la brida a un caballo pío y llevando sobarcada una capa con vueltas encarnadas.
—¿Cómo pudiste enterarte de tales pormenores estando como está tan oscura la noche?
—El peón traía una linterna. El hombre de que le hablé a V. le dio un sofión por su imprudencia, de una manotada tiró por el suelo la luz, y en pisoteándola se echó la capa sobre los hombros.
—¿Qué traje vestía el hombre ese?
—Uniforme de oficial superior de caballería.
—¿Qué más pasó?