—¿Y no cogiste al vuelo palabra alguna?
—Algunas, muy pocas, pero sin ilación.
—Dilas.
—« ¿Conque estaba ahí? » dijo uno. La respuesta no la oí. « ¡Bah! no se atreverá », continuó el primero. Luego siguieron hablando tan quedo, que no oí más. A poco, sin embargo, el primero profirió: « Es preciso ir allá ». « Muy tarde es », replicó el otro, y después no oí más que estas dos palabras: Palo Quemado. Los interlocutores cruzaron todavía algunas más en voz baja, y se separaron, el primero en dirección a los portales y don Antonio dobló a la derecha como si quisiese encaminarse hacia el paseo de Bucareli; pero se habrá detenido en alguna casa, porque no es probable que a estas horas se le haya ocurrido ir a pasearse solo por tal sitio.
—Pronto lo sabremos, repuso el aventurero subiéndose sobre su caballo; dame mis armas y sígueme. ¿Están descansados los caballos?
—Sí, señor, respondió López dando al aventurero un fusil de dos cañones, un par de revólveres y un machete. Según me ha ordenado usted, fui al corral donde dejé nuestros cansados caballos, ensillé al Mono y al Zopilote, que son estos dos, y me vine para aguardarle a V.
—Has hecho bien; adelante.
El aventurero y López se alejaron, atravesaron la desierta plaza, y después de dar algunos rodeos, indudablemente con el propósito de desorientar a los espías que tal vez les acechaban en medio de las tinieblas, se encaminaron hacia el paseo Bucareli.
En Méjico, tan pronto cierra la noche, está prohibido, salvo permiso que se obtiene muy difícilmente, transitar a caballo por las calles; sin embargo, el aventurero se preocupaba poco, al parecer, con semejante prohibición; a bien que su audacia estaba perfectamente justificada por la aparente indiferencia de los celadores que en gran número encontraban a su paso y les dejaban galopar a su antojo sin hacer protesta alguna respecto del particular.
Una vez los dos jinetes estuvieron a bastante distancia del palacio de la presidencia para no temer ya que les siguiesen, cada uno de ellos sacó un antifaz negro de su bolsillo y se cubrió con él el rostro, para evitar que aun en medio de la obscuridad pudiesen conocerles, y luego anudaron la marcha, no deteniéndose hasta que hubieron llegado al paseo Bucareli. Entonces el aventurero tendió a su alrededor una mirada investigadora y dio un prolongado y agudo silbido.