—¿Y a quién creíste reconocer en él? interrumpió el aventurero.

—Tal vez no dé V. crédito a mis palabras si le digo que a don Antonio Cacerbar, mi antiguo herido.

—Al contrario, como que le vi en palacio.

—¡Demonios! entonces siento no haber escuchado su conversación.

—¿Qué conversación? ¿Dónde y con quién habló? Di o te estrangulo.

—A eso voy, mi amo. Cuando don Antonio salió de palacio todavía quedaban algunos grupos en la plaza, y de uno de ellos se separó un hombre para acercarse a aquél.

—¿Conociste quién era el individuo ese?

—No, pues llevaba un amplio sombrero de piel de vicuña derribado sobre los ojos e iba embozado hasta las narices; demás de que en tal instante estaba ese sitio casi ya completamente oscuro.

—Al grano, al grano, dijo el aventurero con impaciencia.

—Don Antonio y el desconocido se pusieron a hablar en voz baja.