EL PALO QUEMADO
Como hemos dicho, el aventurero se salió del palacio de la presidencia. La plaza Mayor estaba desierta; la efervescencia popular se había calmado con la rapidez con que se levantara. Gracias a la intervención de algunos personajes influyentes, los soldados se habían retirado a sus cuarteles, y los léperos y otros ciudadanos del mismo jaez, que componían la mayoría del populacho, al ver que decididamente no quedaba que hacer y que las víctimas a las que codiciaban se les escapaban definitivamente de las manos, después de vociferar por un rato para consolarse acabaron por retirarse también.
Únicamente López había permanecido inmóvil en su puesto. Obedeciendo a una orden del aventurero, había aguardado a éste a la puerta del palacio presidencial.
Cuando López vio abrirse las puertas del palacio, comprendió que únicamente podía salir de él su amo; así es que sin tardanza se reunió a éste.
—¿Qué novedades ocurren? le preguntó el aventurero poniendo el pie en el estribo.
—Nada importante.
—¿Estás seguro?
—Casi casi; sin embargo, ahora que caigo en ello, me parece que vi salir de palacio a un sujeto que no me es desconocido.
—¿Hace mucho?
—Veinte minutos a lo más; pero temo haberme equivocado, porque el sujeto que digo usaba un traje tan distinto del en que le conocí y me ha vagado tan poco el verle, que...