—¡Oh! ya sé como se llama, repuso el aventurero; también yo le conozco hace mucho tiempo por desgracia, general; ese hombre es un traidor.
—¡Bah! V. se chancea.
—Le repito a V., general, que ese hombre es un traidor; estoy seguro de ello.
—No insista V. más, se lo ruego, amigo mío, repuso Miramón con viveza. Buenas noches; hasta mañana. Deseo hablar con V. de asuntos de importancia.
Y después de haber dirigido al aventurero una señal afectuosa con la mano, el presidente penetró en su despacho, cuya puerta se cerró tras él.
El aventurero permaneció inmóvil por espacio de algunos segundos, dolorosamente afectado por la incredulidad de Miramón, y luego murmuró con tristeza:
—¡Oh! Dios quita la razón a los que quiere perder. Ahora todo ha concluido; ese hombre está irremisiblemente condenado, perdida su causa.
El aventurero se salió del palacio, pábulo de las más siniestras previsiones.