Él que iba a la cabeza de los prisioneros era el general Berriozábal, joven de treinta años a lo sumo, de rostro expresivo, facciones correctas e inteligentes y andar noble y desembarazado; luego venía el general Degollado, entre sus dos hijos, y por fin dos coroneles y los oficiales que componían el estado mayor del primero de los mencionados generales.
Los prisioneros avanzaron con paso firme hacia el presidente, el cual se levantó con presteza y salió al encuentro de aquéllos, a quienes, después de saludarlos galantemente, dijo:
—Caballeros, deploro que las circunstancias en que por desgracia nos encontramos no me permitan devolver a Vds. inmediatamente la libertad; sin embargo y por cuantos medios estén a mi alcance, procuraré hacerles más suave un cautiverio que espero no será de larga duración. Ante todo sírvanse Vds. recobrar sus espadas que con tanta honra ciñen y de las que siento haberles privado.
Miramón hizo una seña al general Cobos, que se apresuró a restituir a los prisioneros las armas de que les despojaran, y que éstos recibieron con gozo.
—Ahora, caballeros, continuó el presidente, dígnense Vds. aceptar la hospitalidad que les ofrezco en este palacio, donde serán tratados con todas las consideraciones debidas a su desgracia; no exijo sino su palabra de soldados y de caballeros de que no saldrán sin autorización mía, no porque yo dude de su palabra de honor, y sí con el fin de librarles de las tentativas de gentes mal dispuestas respecto de Vds. y agriadas por los sufrimientos de una guerra prolongada. Quedan Vds. pues prisioneros bajo palabra y libres de obrar como más bien les parezca.
—Señor general, profirió Berriozábal en nombre de todos, le agradecemos a V. sinceramente su cortesía para con nosotros; no podíamos esperar menos de su reconocida generosidad. La palabra que V. nos exige, se la damos, y no usaremos de la libertad en que nos deja sino en los límites que V. juzgue conveniente. Prometemos a V. no intentar en modo alguno reconquistar nuestra libertad sin que V. nos haya relevado de la palabra.
Después de cruzarse algunos otros cumplidos entre el presidente y los generales, los prisioneros se retiraron a las habitaciones que les asignaron.
En el momento en que el general Miramón se disponía a entrar nuevamente en su despacho, el aventurero le detuvo con viveza, y designando a un oficial superior que al parecer se esforzaba en esconderse entre los grupos, le dijo en voz baja y trémula:
—¿Conoce V. a ese hombre?
—Ya lo creo, respondió el presidente; hace solamente algunos días que se ha afiliado a mi causa y me ha prestado ya importantísimos servicios; es español y se llama Antonio Cacerbar.