—Señor presidente, repuso Cobos, entre el pueblo y los soldados reina el mayor desorden: la inmensa mayoría de ellos pide a grandes voces que sean inmediatamente fusilados por traidores a la patria los oficiales hechos prisioneros hoy.

—¿Cómo? profirió Miramón levantándose como impulsado por un resorte y poniéndose un tanto pálido; ¿qué me está V. diciendo, general?

—Si su señoría se toma la molestia de abrir las ventanas de este gabinete, dijo Cobos, oirá los gritos de muerte que profieren a una el ejército y el pueblo.

—¡Ah! murmuró Miramón, ¡asesinatos políticos cometidos impasiblemente después de la victoria! ¡Nunca consentiré en autorizar crímenes tan odiosos! No y mil veces no; a lo menos por lo que a mí respecta no sucederá. ¿Dónde están los oficiales prisioneros?

—En el patío del palacio, vigilados por guardias de vista.

—Dé V. orden de que inmediatamente los conduzcan a mi presencia. Vaya V., general.

—¡Ay amigo mío! exclamó el presidente con desaliento, tan pronto quedó a solas con el aventurero, ¿qué puede esperarse de una multitud desenfrenada? Y sin embargo, el pueblo mejicano no es malo; lo que le ha vuelto cruel es la larga esclavitud en que ha gemido y las interminables revoluciones de que por espacio de cuarenta años ha sido víctima. Sígame V.; es menester concluir.

Miramón abandonó el gabinete, seguido del aventurero, entró en un salón inmenso donde se encontraban reunidos sus más acérrimos partidarios, y se sentó en un sitial colocado en lo alto de dos gradas, preparado para él en el testero, y los oficiales que habían permanecido fieles a su causa se agruparon al punto a derecha y a izquierda.

A una seña amistosa de Miramón, el aventurero se había quedado al lado de éste, demostrando aparentemente la mayor indiferencia.

En esto se oyeron, fuera del salón, rumor de pasos y refregar de armas, y seguidamente después y precedidos del general Cobos penetraron en la vasta estancia los oficiales prisioneros; los cuales, por más que fingiesen la más completa tranquilidad, no dejaban de experimentar alguna zozobra respecto del fin que les reservaba el destino, pues habían oído las voces que profiriera el pueblo y conocían las malas disposiciones en que contra ellos estaban los partidarios de Miramón.