—¿Usted cree que lo ignoro? Mi caída es inevitable; lo único que me habrá aprovechado esa batalla será prorrogarla por unos días más. Sí, debo caer, porque a pesar de los gritos de entusiasmo de la muchedumbre, siempre voluble y fácil de engañar, lo que hasta lo presente ha constituido mi fuerza y me ha sostenido en la lucha que he empeñado, me abandonó para más no volver; siento que el espíritu de la nación no está ya conmigo.
—Tal vez exagera V., general. De dar V. dos batallas más como la de hoy, quizá recobre V. cuanto ha perdido.
—El buen éxito de la de hoy se lo debo a V., amigo mío; gracias a la brillante carga que V. dio por retaguardia, el enemigo se desmoralizó y por consiguiente quedó vencido.
—Se obstina V. en verlo todo tenebroso, general; le repito que con otras dos victorias como la de hoy está V. salvado.
—Como me den tiempo las libraré, dijo Miramón. Si en vez de encontrarme solo y acorralado en Méjico pudiese todavía contar con generales devotos en campaña, después de la victoria de hoy todo podía haberse reparado.
En esto la puerta del gabinete se abrió para dar paso al general Cobos.
—¡Ah! ¿es V. mi querido general? profirió el presidente tendiendo la mano al recién llegado y recobrando súbito un gesto risueño. ¿A qué debo tan agradable visita?
—Ruego a su señoría me perdone si me atrevo a presentarme sin haberme hecho anunciar, dijo Cobos; pero tengo que comunicar a vuecencia una noticia grave que no consiente dilaciones.
El aventurero hizo ademán de retirarse.
—Quédese V., le dijo Miramón deteniéndole con el gesto; hable V. general.