Miramón pasó por en medio de aquella compacta multitud, tranquilo e impasible, devolviendo con imperceptible expresión de ironía los saludos que a derecha y a izquierda incesantemente le dirigían, y una vez delante de su palacio, se apeó.

Ante la puerta de éste y un tanto separado de la misma, había un hombre en pie, inmóvil y risueño; era el aventurero.

Al verle, Miramón no pudo reprimir un gesto de alegría, y dirigiéndole hacía él, le dijo:

—Venga V., amigo mío.

Y con estupefacción de la muchedumbre, asió del brazo al aventurero y penetró con él en palacio.

Una vez en el gabinete particular en el cual solía dedicarse al trabajo, el presidente se dejó caer en una silla de brazos, con un pañuelo se enjugó el sudor que le corría por la frente, y exclamó con acento de mal humor:

—¡Uf! estoy quebrantado. Fecunda en peripecias fue la jornada.

—Sí, repuso afectuosamente el aventurero; y me place oírle hablar a V. así, general, pues temía que no le hubiese embriagado el humo de la victoria.

—¿Por quién me toma V.? profirió Miramón. Triste concepto tiene V. de mí si supone que va a cegarme un triunfo que, por muy brillante que parezca, no es sino una victoria más, pero cuyos resultados serán nulos para la causa que sostengo.

—Demasiado cierto es lo que V. dice, general.