Se modificó hasta tal extremo el espíritu de los soldados, que éstos no dudaron ya del triunfo de su causa y aun hubo instantes en que llegaron a considerarla casi como definitivamente ganada.

Únicamente Miramón, en medio de la alegría general, no se forjaba ilusiones sobre el alcance de la victoria que consiguiera: para él el nuevo lustre que había añadido a su por tanto tiempo victoriosa espada no era sino el último y brillante resplandor que arroja la antorcha próxima a apagarse.

El general conocía demasiado a fondo la situación precaria a que se veía reducido para sustentar por un solo instante engañosas esperanzas; agradecía sí en su fuero interno, a la fortuna, la última sonrisa que ésta se dignara dirigirle y que le evitaría bajar del poder como un hombre vulgar.

Cuando la caballería lanzada en pos de los fugitivos para impedirles que se rehiciesen se hubo por fin reunido al grueso del ejército, que se había quedado en el campo de batalla, Miramón, después de haber concedido a los suyos dos horas de descanso, dio la orden de regresar a Méjico.

La vuelta del cuerpo expedicionario a la capital distó mucho de ser tan rápida como la ida a Toluca: los caballos, fatigados, avanzaban penosamente; la infantería iba a pie para escoltar a los prisioneros; además, los cañones y la numerosa impedimenta de que se apoderaran y seguían al ejército no podían pasar sino por caminos anchos y expeditos, lo que obligó al general Miramón a tomar por la carretera, ocasionándole esto el retardo de algunas horas.

Eran las diez de la noche cuando la vanguardia del cuerpo expedicionario llegó a las garitas de Méjico.

La noche estaba oscurísima; sin embargo, la capital aparecía en medio de las tinieblas iluminada por un número considerable de luces.

Las buenas como las malas noticias se propagan con rapidez extraordinaria; quien pueda, resuelva este problema casi insoluble, pero lo cierto es que apenas había terminado en Toluca la batalla, cuando en Méjico conocían ya el resultado. El rumor de la brillante victoria alcanzada por Miramón había corrido inmediatamente de boca en boca sin que nadie supiese a quien se lo oyera referir.

A la nueva de aquel inesperado triunfo, se despertó la alegría de todos, el entusiasmo llegó a su colmo y por la noche la ciudad se encontró espontáneamente iluminada.

El ayuntamiento, en corporación, aguardaba al presidente en la entrada de la ciudad para felicitarle; las tropas desfilaron entre dos apretadas vallas formadas por el pueblo, que profería entusiastas aclamaciones, mientras agitaba pañuelos y sombreros y disparaba petardos en señal de regocijo; las campanas, a pesar de la hora avanzada de la noche, sonaban a todo vuelo, y las numerosas tejas de los curas confundidos entre la muchedumbre, demostraban que curas y frailes, tan retraídos el día anterior para con el hombre que siempre les sostuviera, a la noticia de la victoria de Toluca habían sentido súbitamente despertar su adormecido entusiasmo.