—Esto no me atañe; en el mundo cada cual trabaja para sí; soy hombre cabal y debo velar por mis intereses como por los suyos velan ustedes.

—¿Pero V. no conoce que lo que está diciendo es absurdo? exclamó don Antonio con impaciencia. En este negocio arriesgamos nuestra cabeza.

—Puede, profirió Irzabal; pero cada cual hace lo que más bien le parece. Yo soy hombre cabal, y marcho en línea recta. Vds. no conseguirán la carta a menos que no me den lo que les pido. Nada más entiendo. ¿Por qué, según el pacto estipulado con el general, no le pusieron Vds. al cabo del negocio de hoy?

—Ya le demostramos a V. que esto era imposible, a causa de haber resuelto de improviso esta salida.

—¡Bah! ¡de improviso! Compónganselas ustedes como puedan con el general en jefe; yo me lavo las manos.

—¡Basta de necedades! dijo don Antonio con aspereza. ¿Quiere V. o no quiere entregar a este caballero o a mí la carta que para nosotros le dio el presidente?

—No, respondió sin ambages don Felipe, a menos que me libren Vds. un vale por diez mil pesos fuertes. Ya ven Vds. que es una bicoca.

—¡Jum! murmuró entre sí el aventurero; en efecto, un autógrafo de Juárez es precioso; no lo regatearía yo si me lo ofreciesen.

—Lo que está V. haciendo es un robo indigno, exclamó don Melchor de la Cruz.

—¿Y qué? profirió Irzabal con amarga ironía; si yo robo, Vds. son unos traidores y por lo tanto somos tal para cual.