Cacerbar y de la Cruz, al oír un insulto tan desembozado se levantaron como impulsados por un resorte.

—Partamos, dijo don Melchor; este hombre es un bruto que no quiere atender a nada.

—Lo más expedito es ir a ver al general en jefe para que nos vengue de este borracho, repuso don Antonio.

—Vayan Vds., dijo el guerrillero riéndose socarronamente; vayan, y feliz viaje; yo me quedo con la carta, por la que tal vez encuentre quien me dé un buen pico.

Al oír esta amenaza, don Antonio y don Melchor cruzaron una mirada y llevaron las manos a sus armas; pero después de titubear por espacio de un segundo, encogieron los hombros y abandonaron la sala.

Poco después se oyó, fuera del rancho, el rápido galopar de muchos jinetes que se alejaban.

—Se marcharon, murmuró Irzabal escanciándose un vaso de mezcal, que apuró de un trago; y corren como si el diablo hubiese cargado con ellos... Están furiosos; pero ¡bah! ¿Y a mí que me importa? He conservado en mi poder la carta.

Mientras formulaba en alta voz este soliloquio, el guerrillero puso de nuevo el vaso sobre la mesa; pero prontamente se estremeció: ante él estaba en pie e inmóvil un hombre embozado hasta los ojos en amplia capa y empuñando en cada mano un revólver de seis tiros, cuyos cañones estaban dirigidos al pecho de aquél.

Irzabal hizo un repentino gesto de espanto al ver ante sí una aparición para él tan inesperada.

—¿Qué quiere V.? preguntó el guerrillero, sereno del todo por la sacudida que experimentara.