—Como profiera V. una voz o se mueva, dijo en voz torda el desconocido, le levanto la tapa de los sesos.
[XV]
SALDO DE CUENTAS
Oculto tras la puerta del corredor, el aventurero había oído toda la conversación de los tres sujetos reunidos en la sala, y cuando Cacerbar y Cruz se hubieron levantado, ignorando aquél por qué puerta saldrían los mencionados sujetos, había abandonado su puerta, ido al corral y, hecho un ovillo al pie del seto, aguardado por espacio de algunos minutos; pero al ver que todo continuaba envuelto en el más absoluto silencio, se arriesgó a salir de su escondite, a penetrar de nuevo en el pasillo y a acercarse otra vez a la puerta para mirar al través de la hendedura.
Don Antonio y don Melchor habían salido; en la sala sólo quedaba Irzabal.
El aventurero, en virtud de una resolución tomada sobre la marcha, metió la hoja de su cuchillo entre el pestillo de la cerradura y el cajo, abrió sin ruido y se acercó silenciosamente al guerrillero, a quien se reveló del modo que ha visto el lector en el final del capítulo precedente.
Sin embargo de que el guerrillero era valiente, la repentina aparición del aventurero y la vista de los revólveres apuntados a su pecho le perturbaron.
Don Jaime se aprovechó de este instante de postración, para, sin desmontar sus pistolas, ir a cerrar la puerta por la cual salieran don Antonio y don Melchor, y después de cerrarla por dentro para evitar toda sorpresa, se acercó de nuevo y pausadamente a la mesa, se sentó en un taburete, colocó los revólveres ante sí, y dejando caer el embozo de su capa, dijo:
—Hablemos.