No obstante haber el aventurero pronunciado esta palabra en voz casi suave, Irzabal experimentó una sensación singular.
—¡El Rayo! exclamó éste al ver la negra carátula que cubría el rostro de su interlocutor.
—¡Ja! ¡ja! profirió don Jaime riéndose con ironía, ¿conque me conoce V., don Felipe?
—¿Qué quiere V.? preguntó éste.
—Muchas cosas, respondió el aventurero; pero como nada nos apresura, procedamos ordenadamente.
El guerrillero se escanció un vaso de refino de Cataluña y lo vació de un trago.
—Vaya V. con cuidado, don Felipe, le dijo el aventurero, el aguardiente de España es fuerte, y se sube con facilidad a la cabeza; atento a lo que va a pasar entre V. y yo juzgo prudente que conserve V. clara la razón.
—Dice V. bien, murmuró el guerrillero, cogiendo la botella por el cuello y estrellándola contra la pared.
Don Jaime se sonrió, y liando un cigarrillo, dijo:
—Veo que tiene V. la memoria feliz y me doy el parabién; creí que me había V. olvidado.