—Me acuerdo perfectamente de nuestro último encuentro en las Cumbres, profirió Irzabal.

—Por supuesto que no ha olvidado V. como terminó nuestra entrevista.

El guerrillero palideció, pero no respondió palabra.

—Ea, continuó don Jaime, veo que la memoria le da higa; si quiere V. que le ayude...

—Es inútil, profirió don Felipe levantando la cabeza y tomando al parecer una resolución definitiva; cuando el acaso me permitió ver sus facciones de V., V. me dijo...

—Ya sé, ya sé, interrumpió el aventurero con viveza. Pues bien, voy a cumplir la promesa que le hice.

—Me alegró, repuso Irzabal con desembarazo; en resumidas cuentas no nos morimos sino una vez, y tanto da hoy como otro día. Estoy a sus órdenes.

—No puede V. imaginarse el gozo que experimento al encontrarle en tan belicosas disposiciones, profirió impasiblemente el aventurero; pero hágame V. el favor de refrenar un tanto sus ímpetus. Todo se andará, nada tema; pero por de pronto no se trata de esto.

—¿De qué, pues? preguntó el guerrillero con extrañeza.

—Voy a decírselo a V.